Lo mantuve en el aula después de clases para que hiciera juicioso su tarea, pasándole una hora dándole clases particulares.
Los fines de semana, hacíamos videollamadas para supervisar que terminara las tareas que la profesora le había dejado.
Mateo se quejaba siempre de manera lastimosa, pero con una sonrisa decía: —¡A mí me encanta escuchar lo que dice mi compañera de escritorio! —Se veía algo travieso.
Pero los resultados eran evidentes; aprobó todas las asignaturas.
Saltó de alegría y me abra