Después de la Tormenta
Después de la Tormenta
Por: Jakelin Amaya
Prólogo

Con las manos temblorosas tomó la pequeña prueba de embarazo, llevó la mano a su boca ahogando el sollozo que emitió al ver las dos líneas que cambiarían su vida por completo.

«¿Ahora qué voy a hacer?» se preguntó, hacía dos semanas había terminado la relación con su novio y no quedaron en buenos términos, lo descubrió siéndole infiel con su mejor amiga.

Se dejó caer al suelo sintiendo la tibieza de sus lágrimas deslizarse por sobre sus mejillas, se llevó la mano a su vientre como si pudiese sentir la presencia de un nuevo ser. Las consecuencias que acarreaba un embarazo inesperado empezaron a pasar por su mente, imaginando la reacción que tendrían sus padres.

«Quisiera morirme» deseó para sus adentros, no queriendo pasar por el momento de revelarles la noticia a su familia, quienes eran demasiado conservadores y desde que entró a la pubertad recibió advertencias sobre si algún día llegaba a salir embarazada sin antes haberse casado.

Abrazó sus rodillas mientras seguía emitiendo un llanto silencioso, no quería que nadie la escuchara y preguntara por lo que le sucedía. Sentía que su vida había terminado en ese momento, veía alejarse su tan anhelado título universitario, su carrera profesional y todo lo que había planeado para su futuro.

Las horas pasaron y ella seguía sentada sobre el helado piso de su baño, sentía sus piernas entumecidas, su garganta ardía al igual que sus ojos, su cabeza quería estallar del dolor y las ganas de vivir eran nulas.

Se levantó como pudo y caminó hasta el lavamanos, abrió el grifo y dejó que el agua cayera sobre sus manos para pasarlas por su rostro, el cual estaba hinchado y enrojecido por todo el tiempo que estuvo llorando. Sacudió su nariz y se vio una última vez en el espejo para por fin salir del baño.

Se acercó a su closet y entre su ropa escondió la prueba, la desecharía mañana que fuera a la universidad, se dejó caer en la cama y se hizo una bolita, queriendo que todo aquello sólo fuera una pesadilla y que al despertar nada de aquello fuera real. Su corazón aún ardía de dolor por la infidelidad de su ex novio, no sólo por la traición sino por su descaro, no tuvo ninguna consideración para con ella y se pavoneaba frente a toda la universidad con su nueva conquista.

No tenía ninguna esperanza en que la apoyara con su situación, lo más probable era que se desatendiera y negara al bebé. Después de todo hacía un mes desde la ultima vez que estuvieron juntos. Pero para ella no había dudas de que fuera el padre, sólo había estado con él.

Unos suaves golpes en la puerta la sobresaltaron, enterró la cabeza en la almohada y se hizo la dormida, sintió como abrieron la puerta y los pasos acercándose a la cama.

—Ciara, cariño —reconoció la voz de su madre a poca distancia —¿estás dormida?

No contestó y su madre no siguió insistiendo, pronto se marchó de la habitación dejándola sola en su agonía. Quería desaparecer, miles de ideas se cruzaron en su cabeza para deshacerse del problema.

«Si tan sólo hubiese una manera» pensaba mientras tocaba su vientre, apretándolo con fuerza y odiando al ser que albergaba. Esto había cambiado todo en su vida, no estaba lista para ser madre, no sentía amor hacia los niños y mucho menos le agradaba la idea de renunciar a todo lo que deseo y anhelo por criar a un hijo.

Esa noche no logró dormir ningún minuto, sus ojos ardían y el cansancio se asentaba en su rostro. Se levantó de la cama cuando el alarma sonó avisando que era momento de levantarse, si ganas se arrastró al baño para darse una ligera ducha, maquilló su rostro tratando de ocultar las bolsas bajo sus ojos.

—Tranquila, Ciara, todo saldrá bien —se dijo frente al espejo, tratando de encontrar paz en medio de la tormenta que comenzaba a desatarse.

Buscó la prueba y la metió a su bolso, salió de la habitación y a prisa bajó los escalones, no quería encontrarse con nadie de su familia, ignoró el llamado de su madre y pasó directo a la puerta de entrada. Quería llorar, soltar un grito desgarrador y sacar todo lo que llevaba dentro, me estaba ahogando de dolor y ver a su ex novio de la mano con su nueva conquista no ayudaba en nada. Trató de serenarse y pasó de largo, sintiendo algunas miradas del grupito de amigos de los mencionados.

«Maldita la hora en la que me fijé en Benjamin» pensaba mientras avanzaba, se refugió en un sitio solitario, no deseaba entrar a la clase. Lo único que quería era estar sola, lejos de todo lo que la atormentaba pero para su desgracia su mayor tormento estaba dentro de ella.

—¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? —susurraba para ella misma, su pierna derecha no paraba de temblar de la ansiedad que le producía la situación.

Se puso recta cuando escuchó a alguien acercarse, se relajó al ver a Amber, su amiga, caminando hacia ella.

—Hola —se acercó para saludarla con un beso en la mejilla —te vi venir hacia acá, ¿estás bien?

Ella negó con la cabeza, sin poder resistir más sus ojos se aguaron y fue en cuestión de segundos para que las lágrimas salieran de sus ojos.

—Sabes que no, ¿cómo pudo hacerme esto? Yo lo amaba —el dolor ardía en mi pecho, la decepción que traía una traición era increíblemente dolorosa. Todo lo que pensabas de una persona resultar ser tan falso, cuando idealizas a alguien que sabes que terminará haciéndote gran daño. Ciara se sentía tonta por haber caído en todas las mentiras de él.

—Es un patán, cada que lo veo me dan unas ganas de... —Amber apretó fuertemente sus manos en un puño haciendo una rabieta —lo odio, a él y a la insípida de Amelia.

—Creí tan ciegamente en él cuando me decía que sólo era su mejor amiga.

Las múltiples discusiones que tuvieron por la relación tan unida que tenía con Amelia vinieron a su cabeza, al final no estaba tan loca como él solía decirle.

—No es tu culpa, Ciara, sólo confiaste en una persona que no tiene valores morales.

No, Benjamin en ningún momento pensó en ella y lo demostraba a cada momento.

Luego de la conversación con su amiga terminó yendo a clase, pasó toda la mañana pensando en la manera que le diría a su ex novio que esperaba un bebé suyo. Nada parecía una buena idea, después de todo lo acontecido lo último que quería era hablar con él pero no le quedaba más opción.

Cuando salió de su último clase y caminaba por los pasillos lo vio a él guardando sus cosas en el casillero, estaba sólo y supo que era una buena oportunidad para hablar con él. Apresuró su paso y con su corazón latiendo a mil se detuvo a unos pasos, el aroma que una vez amó sentir ahora sólo le provocaba náuseas.

—¿Podemos hablar? —preguntó con su voz firme, él se volteó y alzó una de sus cejas hacia ella.

—Ciara —sonrió de medio lado, mirándola de arriba abajo —¿qué se te ofrece?

—¿No oíste? Quiero hablar contigo.

—¿Qué cosa? Porque si es otro de tus reclamos no quiero oírlos.

Ella soltó un bufido y negó con ls cabeza.

—Créeme que sino fuera importante no estuviera perdiendo mi tiempo buscándote.

Él cerró el casillero y asintió, con un gesto en la cabeza le indicó que lo siguiera. Se detuvieron en un pasillo solitario y alejado del ojo público.

—Bien, ¿qué es lo que quieres hablar?

Con las manos temblorosas sacó de su bolso la prueba de embarazo, él bajó la vista al objeto e hizo un gesto de burla.

—Estoy embaraza y el bebé es tuyo.

Ciara esperó cualquier reacción menos la estridente carcajada que soltó, su rostro denotaba burla absoluta.

—No pienses que voy a creer que ese bebé es mío, Ciara.

—¿Qué? —su voz se rompió —¿Qué estás diciendo? ¡Claro que el bebé es tuyo!

—No voy a caer en un juego tan viejo. Ese bebé no es mío.

—Sólo he estado contigo y lo sabes, no me hagas esto Bejamin. Esto es algo que los dos hicimos y no es justo que sea sólo yo quien tenga que lidiar con este problema.

—No me interesa nada, Ciara. Es tu problema, no el mío —sacudió su cabeza —no me busques más por este asunto, no soy el padre del bastardo que tienes dentro.

Se dio la vuelta caminando lejos de ella, dejándola con su mundo más roto que antes, sintiéndose pisoteada y miserable.

Con el corazón más roto que antes se encaminó de vuelta a casa, tomó el bus y sentó en los últimos asientos, desvió la mirada hacia la ventana. Conocía su destino, su familia no era acaudalada y los recursos no les daban para criar una criatura y al mismo tiempo estudiarla. Tampoco harían el esfuerzo para ayudarla, si pensar era demasiado conservador y no tendría ni el apoyo moral de su madre.

Se limpió cualquier rasgo de llanto y bajó en la parada cerca de su casa, a paso lento caminó por la calle y hasta entonces se fijó en las mujeres embarazadas y con niños de su vecindario.

«No es lo que quiero para mi»

Abrió la puerta de su casa y su madre la abordó en la entrada, pidiéndole que la ayudara a poner la mesa, su padre estaba a cinco minutos de llagar. Dejó el bolso en uno de los sofás de la sala y se apresuró a ayudarle a su madre.

Su padre no tardó en llagar y sentarse en la mesa, la comida no pasaba de su garganta y su mirada permanecía perdida.

—¿Te sucede algo, Ciara? Te noto demasiado ausente.

—No, es sólo que tengo demasiado trabajo de la universidad.

Su madre asintió conforme con su respuesta, al terminar le pidió que le ayudara con los platos, no queriendo llevarle la contraria obedeció.

—¡Esta niña! —se quejó su madre al ver que había dejado el bolso en el sofá, molesta lo cogió y sin esperarlo todas las cosas cayeron al suelo. Su esposo la miraba atento en tanto recogía todo, de pronto su rostro se puso en blanco al descubrir la pequeña regla que aún marcaba las dos líneas.

—Tu hija está embarazada —declaró el hombre llenándose de ira

—No puede ser —la mujer se levantó sosteniendo la prueba en sus manos

—¡Ciara!

La susodicha soltó el plato que sostenía en su mano y apuñó fuertemente sus ojos recordando su grave error al dejar el bolso en el sofá, no pudo seguir resistiendo al nudo en su garganta y soltó el llanto, su vida no podría ir peor, no sabía que karma estaba pagando para sufrir tanto.

Se dio la vuelta y se encontró con sus padres que se acercaban furiosos con la prueba en mano, la primera en acercarse fue su madre quien alzó su mano y la dejó caer con fuerza en su mejilla.

—¡Eres una...! —No terminó la frase y sólo se hizo a un lado para que su esposo le diera otra cachetada enrojeciendo el rostro de Ciara, quien sollozó más fuerte ante el dolor físico.

—¡¿Es así cómo nos pagas?! ¡Eres una malagradecida! —comenzó a decir su madre.

—Te dije que el día que salieras embarazada te irías de esta casa, ahora mismo tomas tus cosas y te largas de aquí. No toleraré que mi hija sea una cualquiera, enfrentarás tus consecuencias sin arrastrarnos a nosotros —la señaló mirándola de una manera que jamás lo había hecho. Con desprecio —No quiero ver tu cara, tampoco quiero que vuelvas aquí, no te vamos a ayudar en esto y tampoco seguiremos pagando tu educación.

—Papá... —No la dejó terminar y se dio la vuelta saliendo de la cocina.

—Eres una vergüenza, Ciara.

—Mami, por favor, ayúdame —pidió entre sollozos.

—Vete y olvida que esta es tu familia —la tomó fuertemente del antebrazo jalándola hacia afuera, Ciara no tenía ni fuerzas para negarse, lo único que hacía era llorar ante todo aquello que la abrumaba y que la superaba. Su madre abrió la puerta y la sacó afuera, haciéndola caer en el suelo. —No te vas a llevar nada de aquí, no te lo mereces. Desde hoy, estás sola en este mundo.

Cerró la puerta dejándola tirada sobre la acera, desamparada y sin ningún centavo en su bolsa.

Bien decían que habían peores destinos que la muerte, la vida podía ser lo bastante dura como para desear morir. Porque eso es lo que deseaba Ciara, morir y no sufrir lo que se le avecinaba.

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