Capítulo 1

Tres años después

Ciara tatareaba una canción de cuna mientras balanceaba en sus brazos a la pequeña niña que yacía dormida, las lágrimas no paraban de salir de sus ojos sintiéndose devastada por la situación en la que se encontraba. El frío calaba en su piel, haciéndola titiritar por momentos. La delgada tela de su abrigo no era suficiente para hacerla entrar en calor y la única manta que pudo recuperar de sus cosas, envolvían el cuerpecito de su pequeña hija.

Miró con desespero a su alrededor, eso no era lo que había visualizado para ella, sin un hogar y con hambre. El dueño del hostal no había tenido ninguna consideración con ella y terminó sacándola en medio de la noche del pequeño cuarto que alquilaban. Miró la deteriorada banca del parque donde se fue a refugiar, le dolía en el alma sufrir todas aquellas penurias con su niña. Se sentía culpable de no darle una infancia digna, tal y como ella la tuvo.

Después que sus padres la corrieron de casa no le quedó más que buscar un trabajo, con sus estudios a medias y embarazada le cerraron las puertas en muchas empresas, ante la necesidad no le quedó más que aceptar ser mesera en un club nocturno. Fue hasta que se empezó a notar el embarazo que la despidieron del lugar.

Una época difícil y de la que aún no salía, cuando pensó que podría encontrar un poco de estabilidad, terminó tal y como en muchas ocasiones, sin empleo, sin un techo y sin nada para poder alimentar a su pequeña hija.

Su vista se empañó al ver el rostro angelical que la hacía tomar fuerzas de donde no las tenía para seguir de pie y no derrumbarse por completo.

—Prometo que esto no será eterno, mi pequeña. Te daré todo, sólo dame tiempo y vivirás como una princesa.

No tenía idea cómo lo lograría, pero buscaría una manera y no dejaría de luchar por ella, no importaba las veces que cayera, volvería a levantarse y no habría nada que la detuviera en su propósito.

El amor a su hija fue naciendo cuando sintió la primera patadita y fue creciendo a partir de ese día, volviendo el amor más grande que jamás sintió por alguien. Su hija era lo más preciado de su vida, eso era claro, y no entendía cómo su madre fue capaz de dejarla en la calle sin importar qué.

—Yo jamás haría contigo lo que madre hizo conmigo, te apoyaré y estaré ahí para ti en cada triunfo y en cada derrota, sin importar qué tan malo sea.

Las heridas de su corazón eran demasiadas profundas, el resentimiento demasiado pesado para sus hombros, lo único que sentía hacia su familia era odio. No volvió a saber de ellos y sinceramente esperaba no volver a tener sus caras de frente.

Benjamin era otro que odiaba con todo su ser, perdió la cuenta de las veces que lo maldijo con cada uno de sus sufrimientos. También se culpaba a ella misma por ser tan ingenua, por creer que los demás pensaban en su bienestar, por creer que ese hombre la amaba y haría cualquier cosa por ella. Cuán equivocada estaba.

«No volveré a creer en nadie» se repetía cada vez que recuerdos del pasado venían a su cabeza. No se veía con nadie en un futuro y tampoco creía que alguien se fijara en ella, bastaba con verse al espejo para decepcionarse de sí misma, su rostro demacrado, con grandes bolsas oscuras bajo sus ojos, su cuerpo delgado por la falta de una buena alimentación. Sus viejos vestidos no ayudaban a mejorar su aspecto. En pocas palabras, su autoestima estaba por los suelos.

Esa noche fue una de las más largas en su vida y por primera vez no le motivó ver el sol salir, la gente comenzaba a circular por las calles y él no tener a dónde ir seguí inquietándola, no sabía dónde buscar empleo, ni cómo haría con su niña. No creía que la señora Silvana quisiera seguir cuidándola después de lo que sucedió con una de las hijas de la señora.

—Mami —la dulce voz de su hija la hizo volver su mirada, su corazón se arrulló al ver la sonrisa que hacía que su mundo tuviera sentido.

—Dime, mi amor —le devolvió la sonrisa, tratando de ocultar los rastros de su llanto.

—Tengo mucha hambre, ¿qué comeremos hoy?

La sonrisa se le borró de su rostro, no tenía nada que darle y lo único que llevaba en su bolsillo eran cinco dólares.

—Ahora lo descubriremos —la desenvolvió de la manta y la puso de pie, ella hizo lo mismo y la tomó de su mano, visualizando una panadería al otro lado de la calle. —No intentes soltarte de mi mano, Elana.

La niña no contestó e hizo caso omiso de sus palabras, se distrajo viendo a su alrededor, sus ojitos casi brillaron en cuanto divisaron un carrito de helados que iba colocándose en el lugar.

—Mami —señaló el lugar —quiero uno de esos.

—Aún es temprano para comer helado —tragó el nudo en su garganta, sorbió la nariz y parpadeó repetidas veces para alejar las lágrimas.

—Pero yo quiero, cómprame uno, mami. Prometo portarme bien —la miró con ojos soñadores y lo único que logró con ello es que la joven madre rompiera en llanto y se acuclillara delante de ella —¿Por qué lloras? —se soltó de su mano y colocó las palmas sobre las mejillas y secó las lágrimas.

—Es sólo que... ahora no puedo comprarte nada, cariño... yo...

—¿No tienes dinero, mami?

Ciara sacudió su cabeza en negación y vio los celestes ojos de su niña con la compresión en ellos.

—No, mi cielo, pero en cuanto tenga prometo comprarte mucho helado.

Abrió sus ojos desmesuradamente y ente abrió su boca, incrédula a las palabras de su madre.

—¿Mucho helado?

—Si, cariño.

Sin esperarlo la niña se apartó de su lado celebrando por la promesa de su madre, no se fijó en donde se encontraba y se adentró a la carretera. Ciara se levantó de golpe, con su corazón a punto de paralizarse de la agonía al ver un carro acercarse a velocidad, no lo pensó dos veces para ir con su hija y empujarla fuera del camino. Lo próximo que sintió fue el golpe del vehículo lanzándola lejos y un profundo dolor en todo su cuerpo, quiso mantener la conciencia pero fue imposible. El mundo se oscureció para ello y en lo único que podía pensar era en Elana.

Quien conducía el auto que acaba de arrollar a Ciara se bajó apresurado, miró a la niña que corría al cuerpo de su madre, acuclillándose y llorando.

—Mami, abre los ojos... —pedía la niña.

El hombre se apresuró a tomar la mujer en sus brazos y con una señal en su cabeza señaló a la niña a quien lo acompañaba.

—Tráela.

Abrió la puerta trasera y ubicó a la mujer en los asientos.

—Aksel —habló el hombre señalando a la niña que lloraba desconsolada por su madre —no quiere subir.

El susodicho soltó una maldición y rodeó el vehículo para llegar con la niña, la tomó suavemente por los hombros queriendo que lo mirara.

—¿Donde te llevas a mi mami? ¡La golpeaste! —lanzó una manotada a su hombro.

—Llevaremos a tu mami al hospital, por favor, necesito que nos acompañes.

La niña sacudió su cabeza recordando las palabras que Ciara le repetía muy a menudo. "Nunca vayas con desconocidos"

—No

—Sólo queremos ayudar a tu mamá, ven, no tienes nada que temer.

En sus pequeños ojos se notaba la desesperación, sin pensarlo más terminó subiendo junto al cuerpo inconsciente de su madre.

Aksel le dio una rápida mirada a su amigo, todo parecía ir de mal en peor aquella mañana. Desde que amaneció recibiendo malas noticias y como broche de oro terminó arrollando a una mujer. Soltó un sonoro suspiro y subió al auto, poniéndolo en marcha cambiando de ruta, por el espejo retrovisor miraba a la mujer que permanecía inconsciente.

—Tienes que ir a esa reunión por mi —le dijo a su amigo sin dejar de ver por la carretera.

—¿Qué? ¿Estás loco, Aksel? Es de vital importancia que estés en ella, los rumores deben parar y sino te presentas creerán que son ciertos. Puedes perder la presidencia, Aksel.

—Confío en que podrás hacerlo, no puedo ir y dejar sola a esta mujer. No puedo añadir otro escándalo que perjudique a mi reputación.

El silencio se prolongó en el auto y tomando desprevenido a su acompañante se detuvo.

—Baja y encárgate de esto.

—Haré lo mejor que pueda —dijo antes de salir del vehículo dejándolo sólo con la mujer inconsciente y la niña, esta última observándolo a través del espejo retrovisor con sus ojos llenos de lágrimas.

Retomó la ruta al hospital, maldiciendo su suerte, los problemas acabarían con él. No entendía cómo su ex mujer seguía haciendo de las suyas, poniéndolo en duda con sus socios y bajo el lente público. Bastó una entrevista para acusarlo de corrupto y de negociar con criminales. Ahora estaba en duda con sus inversionistas que no querían estar involucrado con alguien que, según ellos, estaba a nada de ser investigado.

El edificio del hospital más cercano que encontró se empezó a visualizar, se parqueó frente a urgencias y se bajó del auto en bus a de alguien que lo ayudara, no tardaron en llegar enfermeros con una camilla y sacar a Ciara del auto. Elanna los seguían y cuando llegaron al área restringida, Aksel la tomó entre sus brazos sabiendo que le impedirían la entrada.

—No, suéltame, quiero ir con mamá —pedía mientras pataleaba queriendo soltarse de su agarre, su corazón se encogió al ver el desespero, los grandes ojos celestes enrojecidos.

—Escucha, debes calmarte, pequeña.

—Suéltame, quiero a mi mamá.

—No puedes verla, los médicos la están ayudando para que se mejore del golpe, debes mantener la calma para que puedas ver a tu mamá.

Y cómo si entendiera lo que pasaba Elanna dejó de forcejares y sólo lloró en silencio, no solía interactuar con las personas, tendían a mirarla feo y eso no le gustaba.

Con ayuda de Aksel se sentó en una silla y se quedó en silencio, mirando hacia el suelo mientras las lágrimas se derramaban por su mejilla.

Él se sentó a su lado observándola, era una niña preciosa de cabello castaño y ojos azules, vestía con ropas desgastadas y poco adecuadas para el clima. El estómago de la pequeña rugió y él alcanzó a oírlo.

—¿Quieres algo de comer? —le preguntó y ella sólo asintió, se levantó y le tendió la mano —Ven conmigo —ella observó la mano indecisa, pasó sus ojos de la puerta donde si madre desapareció a la mano del hombre —tienes que estar llena para cuando tu madre esté consciente.

Se quedó unos segundos antes de tomar su mano y acompañarlo a la cafetería, miraba con curiosidad todo a su alrededor, su estómago volvió a rugir cuando miró los sándwich exhibidos en la vitrina. El gesto no pasó desapercibido para Aksel y no dudó en pedirle uno.

—Gracias —dijo cuando puso la bandeja frente a ella.

—De nada, te lo debía. Seguramente arruiné tu desayuno.

—Si —la mirada se le entristeció —pero fue mi culpa, ella dijo que no me soltara de su mano y no le obedecí.

Aksel se sorprendió la forma en la que se expresaba, muchos niños a esa edad no solían hablar mucho, sus palabras no eran tan claras pero si lo suficiente para saber lo que decía.

—No creo que haya sido tu culpa —por alguna razón no quería que ella se sintiese responsable de lo sucedido —ha sido mía, debí fijarme que iban cruzando la calle.

—¿Mamá estará bien? —preguntó después de darle un mordisco al sándwich.

—Lo estará.

—Quiero volver a casa con ella —soltó otra lágrima —y que me cante una canción.

—Verás que por la tarde estarás volviendo a tu casa.

Ella guardó silencio recordando que eso no era posible, por la noche un señor le gritó a su madre y la empujó fuera de su casa.

—Pero ya no tenemos una casa —dijo luego de unos minutos sorprendiéndolo, fue inevitable no sentir compasión por ella.

—¿No? ¿Qué pasó con ella?

La niña comenzó a relatarle cómo un hombre le gritó a su mamá, sin perder ningún detalle de dónde había dormido y las palabras que le dijo antes del accidente. Él seguía sorprendido que la pequeña hubiese encontrado confianza en él para que le contara todo lo sucedido.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó cuando iban de regreso a la sala de espera.

—Elanna, mamá dice que me llamó así porque soy su sol.

—No tengo duda que lo eres.

—Y ¿cómo te llamas tú? —alzó sus orbes para verlo.

—Aksel

—¿Asel? ¿Por qué?

Sonrió y se encogió de hombros.

—No lo sé, quizá no soy un sol para mi madre.

La niña sonrió y agitó su cabeza.

—Sólo yo soy el sol de mamá.

—¿Y cuál es el nombre de tu madre?

—Ciara, es bonito, ¿verdad?

—Lo es —volvió a sentarla en la silla —iré un rato allá —señaló a la recepción —quédate aquí, en un rato volveré contigo.

—Está bien.

Él se alejó para rellenar los datos de la mujer que trajo, en cuanto terminó una llamada de su amigo detuvo su andar de regreso con la niña.

—¿Qué sucedió?

—Todo es un caos, he tratado de calmar todo pero quieren hablar contigo. Ahora mismo están debatiendo entre ellos qué decisión tomar.

—Hazme una lista de quienes no estén de acuerdo en que siga en presidencia, diles que mañana estaré ahí.

—¿Qué harás con esa lista?

—Sabes que no soy pacifista, no trabajaré con quien no quiera hacerlo conmigo. Les he hecho ganar mucho dinero y aún así están inconformes, no pueden irse tampoco porque hay un contrato que lo impide —pasó las manos por su cabello tratando de calmar el enojo que sentía con todo el asunto.

—Los periodistas están fuera del edifico, me han comunicado que también lo están afuera de tu casa. Lo mejor será que te quedes en el apartamento de la ciudad.

—Eso haré.

—¿Qué hay con la mujer?

—Aún la están atendiendo y no dan dicho nada de su estado.

—Por tu bien, espero que esa mujer no sepa quien eres o de lo contrario será otro problema —él miró la niña jugar con sus manos y permanecer cabizbaja.

—No lo creo —murmuró, no había manera que lo supieran y aunque fuera así nada cambiaba, estaban en su derecho de querer sacarle más que los gastos del hospital, por poco y acaba con la vida de esa niña.

—No seas ingenuo, Aksel. Tan pronto como sepas que esté bien te devuelves a la empresa.

—No me digas qué hacer y no te metas más en este tema —advirtió con molestia —te llamaré más tarde.

No le dio tiempo de contestar y colgó, se acercó al doctor que salía de urgencias para preguntar por el estado de la mujer.

—La joven tiene contusiones en la cabeza  y una fractura en la muñeca, deberá permanecer en reposo por los siguientes días. Debido a la desnutrición de la paciente y la falta de glóbulos rojos, la recuperación será más lenta —el doctor se quedó mirando al hombre y frunció el ceño —¿qué es usted de ella?

Aksel no supo qué contestar y dado que no quería decir que era el responsable de que el estado de la mujer empeorara optó por decir que era un amigo.

—¿Podemos pasar a verla? —preguntó mirando desde el lugar a la niña —Es su hija.

El doctor dudó un poco en su respuesta pero terminó asintiendo.

—La paciente aún está inconsciente, despertará en un rato —dijo para luego retirarse del lugar, Aksel volvió con Elanna quien al sentir levantó la mirada expectante

—Ya podemos ver a tu madre.

Los ojos se le iluminaron y cómo pudo se bajó de la silla.

—Llévame, quiero verla.

Él le tomó la mano guiándola hasta la habitación que le indicó el doctor, al abrir la puerta se acercó hasta la mujer que permanecía  inconsciente sobre la camilla. Al estar más cerca y en una circunstancia más calmada se fijó en los rasgos de ella, sorprendiéndose por lo joven que era y la belleza que poseía a pesar de los golpes.

—Mami —la pequeña Elanna alcanzó a tomar la mano, él la tomó de la cintura y la sentó en el borde de la cama —¿por qué no despierta?

Lo miró con preocupación, frunciendo sus cejas y con los ojos cristalizados.

—Debido al golpe dormirá un rato más.

Se volvió hacia su madre y con una ternura que conmovió a Aksel acarició el rostro de su madre, viéndolas a las dos notó él parecido entre ellas. Sin duda Elanna había heredado muchos de sus rasgos.

Recordó las palabras del doctor, por su culpa ahora la bella mujer se encontraba con la muñeca rota y con golpes en su rostro, poniéndolo en una situación difícil al tener que hacerse cargo de ellas dos. Recordando también que Elanna le mencionó que no tenían un lugar donde quedarse.

«No puedo simplemente irme y dejarlas a la deriva» pensó tomando a la pequeña y llevándola a un sofá donde permanecerían mientras su madre despertaba.

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