Ciara
Subí a la camioneta que me esperaba fuera del edificio, había terminado mi jornada laboral y después de despedirme de Aksel le pedí al señor Flavio que me llevara a casa de la señora April.
—¿Como ha estado, señor Flavio? —pregunté, se había ausentado por algunos días y desde que comencé a trabajar pocas veces veía a la señora Maria, a quien extrañaba mucho.
—Muy bien, gracias a Dios —sonrió con cordialidad —. A usted se le ve mejor, me da mucho gusto.
—Gracias.
—Es bueno que el seño