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Después de Perderte
Después de Perderte
Por: Cristina75vera
La herida que no cierra

Actualidad

Texas, Austin

Olivia Bennett

Llevo heridas con las que aprendí a vivir o, mejor dicho, a soltar lo que dolía para no seguir tropezando con las mismas piedras. Me puse una armadura y encerré todo detrás de miles de candados. Volví a empezar, pero me costó más de lo que imaginé, porque todavía quedan fragmentos de mi vieja vida naufragando en mi cabeza. Aún sigo mirando hacia atrás, porque una parte de mí continúa preguntándose dónde fallé, en qué instante todo se ensombreció, cómo la felicidad terminó escurriéndose entre mis dedos.

Nunca encontré esa respuesta. Y creo que jamás lo haré.

Sigo moviendo la cucharilla dentro del café mientras permanezco sentada en el comedor de la mansión de mi familia. Hace rato dejó de estar caliente, pero continúo removiéndolo sin darme cuenta, hasta que la voz de Amelia rompe el silencio y me arranca de mis pensamientos.

—Olivia... —me reprende con ese tono que utiliza cada vez que cree que estoy haciendo algo mal—. ¿Otra vez distraída?

Alzo la mirada con desgano y le devuelvo una sonrisa forzada, una de esas que hace tiempo aprendí a fingir.

—Tengo un millón de cosas en qué pensar —alego procurando que mi voz no delate el cansancio que llevo encima—. No quiero dejar nada pendiente.

Amelia no aparta la vista de mí durante unos segundos, tuerce apenas la boca y niega con la cabeza, desestimando mi respuesta incluso antes de que termine de hablar.

—Olvídate de la empresa... —zanja el tema con una seguridad que no admite discusión—, del pasado y piensa en tu boda.

Bajo la vista hacia la taza. No necesito otro de sus sermones.

—Solo pensaba en los preparativos de la boda —miento con descaro antes de volver a mirarla—. ¿No siempre dices que Charles tiene todo bajo control en la empresa?

Mi hermana deja escapar un suspiro de impaciencia.

—Nuestro querido tío es quien mantiene el legado familiar a salvo —sostiene con absoluta convicción, como si aquella fuera una verdad imposible de discutir—, y eso deberías recordarlo, aunque tengas tus discrepancias con él.

El simple nombre de Charles basta para borrar cualquier rastro de tranquilidad.

Me levanto de golpe de la silla. Las patas rechinan contra el piso de mármol mientras tomo mi bolso de la mesa sin apartar la vista de Amelia.

—Ahórrate, hermanita, ese discurso de familia unida —disparo sin rodeos—. Hoy no tengo ganas de aparentar con ese imbécil.

Doy media vuelta dispuesta a abandonar el comedor, pero su voz vuelve a alcanzarme antes de que llegue a la puerta.

—Recuerda la prueba del vestido de novia —insiste sin dejar espacio a la réplica—. El diseñador te espera en su atelier a las diez.

¿Hasta cuándo va a creer que puede decidir por mí? ¿Hasta cuándo va a seguir defendiendo a Charles como si nadie pudiera reemplazarlo?

Cierro los ojos apenas un segundo, respiro hondo y sacudo la cabeza sin volverme.

Después continúo mi camino.

Unas horas más tarde

Creí que podría relajarme por unas horas, convencerme de que todo era parte de los nervios a causa de la boda. Sin embargo, desde que llegué al atelier no logro sacarme esta sensación del pecho. Me miro una y otra vez en el espejo, giro despacio sobre mí misma y vuelvo a observar mi reflejo con la esperanza de encontrar aquello que siento que falta, pero no me gusta lo que veo.

—Estás preciosa, Daniel no podrá despegar los ojos de ti. —Sandi alza la voz desde el otro extremo de la habitación mientras deja a un lado los alfileres y contempla satisfecha el resultado de su trabajo.

Desvío la mirada hacia el espejo otra vez, acaricio con la yema de los dedos la tela del vestido y niego despacio.

—No sé... siento que el vestido no termina de ser para mí... que le falta algo...

Sandi deja escapar un suspiro resignado. Se acerca hasta colocarse detrás de mí y acomoda con delicadeza uno de los pliegues de la falda antes de buscar mis ojos a través del espejo.

—Olivia, ya lo hablamos muchas veces... —me corta con esa paciencia que solo tienen quienes llevan horas intentando convencer a alguien—. Por más que te pruebes todos los vestidos, no hallarás el perfecto si tú no lo quieres...

Bajo la mirada durante un instante y termino por asentir.

—Tienes razón... —murmuro casi para mí misma mientras comienzo a moverme alrededor del espejo. Recorro con la mirada cada detalle del vestido, aliso la tela sobre mis caderas y vuelvo a detenerme frente al reflejo—. Ahora que lo veo con detenimiento... es hermoso...

Y entonces una voz familiar me detiene en seco.

—Hermosa es quien lo luce.

Las manos de Sandi quedan suspendidas en el aire. El alfiler que sostenía entre los dedos resbala hasta el suelo y el pequeño tintineo rompe el silencio que acaba de apoderarse del atelier.

El aire se queda atrapado en mis pulmones. Mi corazón golpea con tanta fuerza contra el pecho que durante un instante todo a mi alrededor desaparece. Incapaz de creer lo que acabo de escuchar, me giro de golpe.

Y ahí está Ethan.

Cuesta reconocer al hombre del que una vez me enamoré. Tiene la mirada cansada, profundas ojeras marcándole el rostro, la barba crecida y el cuerpo mucho más delgado, como si los últimos cuatro años también hubieran pasado sobre él arrasándolo todo.

Sandi desvía la mirada de él hacia mí sin atreverse a decir una sola palabra. La expresión de satisfacción que llevaba en el rostro desaparece de inmediato, sustituida por un desconcierto que no intenta ocultar.

La sorpresa apenas alcanza a rozarme, pero dura poco. En su lugar, me devora la rabia y termina empujándome un paso hacia él.

—¿Qué carajos haces aquí después de tanto tiempo? —escupo con rabia. La respiración se me agita y las manos me tiemblan mientras lo enfrento sin apartar los ojos de los suyos.

—Olivia... —pronuncia mi nombre con la voz rota, dando un paso hacia mí con la intención de acortar la distancia que nos separa.

Niego una y otra vez antes de que consiga acercarse.

—Ni siquiera tienes derecho a aparecer de esa manera.

Ethan vacila. Aprieta la mandíbula, baja la mirada durante un instante y, cuando vuelve a levantarla, ya no queda rastro del hombre orgulloso que conocí.

—Solo te pido que me escuches...

Retrocedo de golpe, levanto una mano para detenerlo y le clavo una mirada cargada de odio.

—No tenemos nada de qué hablar.

Mis palabras parecen atravesarlo. Traga con dificultad, contiene el aire durante un segundo y vuelve a sostener mi mirada, decidido a decir aquello que vino a buscar.

—No firmes los papeles del divorcio... —suplica con la voz quebrada, incapaz de ocultar el temblor que le atraviesa el pecho—. Encontré a nuestro hijo.

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