Mundo ficciónIniciar sesiónEl mismo día
Texas, Austin
Olivia
Por muchas noches me acosté en la cama de mi hijo, sollozando su nombre, recordando cómo corría por la casa mientras su risa iluminaba cada rincón. Pero hay una lucha que nunca he logrado ganar: entender cómo lo perdí.
Aún recuerdo el viento golpeándome el rostro, las lágrimas deslizándose por mis mejillas sin piedad y la garganta ardiéndome mientras observaba el ataúd de mi pequeño. Sentí que una parte de mí se enterraba con él y que mi corazón se hacía pedazos.
Ethan permanecía en silencio, con la mirada perdida, incapaz de pronunciar una sola palabra de consuelo.
Y así siguió durante semanas, encerrado en el estudio, como si yo necesitara espacio cuando lo único que necesitaba era que mi esposo no me soltara la mano. Lo peor llegó el día en que desapareció sin una maldita palabra, sin un adiós, sin una explicación. Me dejó sola, intentando comprender cómo, en cuestión de horas, perdí a mi hijo... y también al hombre con el que juré compartir la vida.
Ahora aparece después de cuatro años como si nada hubiera pasado, profanando la memoria de Noah por un instante de nostalgia o por su ego herido.
Y ahí sigue, sosteniéndome la mirada mientras la rabia y el dolor se mezclan por dentro.
Respiro hondo, doy un paso al frente y clavo los ojos en los suyos.
—No uses el recuerdo de nuestro hijo para impedir mi boda.
Ethan traga saliva y baja la vista antes de reunir el valor para hablar.
—Escúchame... Solo eso te pido.
Una carcajada amarga se me escapa antes de que consiga contenerla. Niego despacio, incapaz de creer el descaro que tiene delante de mí.
—¿Ahora me pides que te escuche? —escupo con incredulidad mientras siento que la rabia vuelve a treparme por el pecho—. ¿Y qué hay de mí? ¿De los años que pasé esperando una maldita explicación por tu abandono?
Cuando intenta acercarse, retrocedo antes de permitirle acortar la distancia entre nosotros.
—Olivia...
—¡No pronuncies mi nombre! —lo fulmino con la mirada antes de que consiga acercarse un centímetro más—. Déjame en paz, Ethan. Vuelve a donde sea que hayas estado todos estos años.
Los dedos se cierran con fuerza a los costados de su cuerpo.
—Por favor...
Levanto una mano entre los dos, marcando una distancia que ya no estoy dispuesta a romper.
—No te atrevas a acercarte... —le advierto sin apartar los ojos de los suyos—. ¡Vete! ¡Vete, maldita sea!
Él me contempla con esa expresión de dolor que tanto detesto ver ahora, pero lo empujo con ambas manos una y otra vez, obligándolo a retroceder.
—¡Vete, Ethan...! —mi voz termina por quebrarse.
Antes de que las lágrimas terminen por vencerme, doy media vuelta y casi huyo hacia el baño. Las piernas me fallan a cada paso y el aire deja de entrar con normalidad en mis pulmones.
Apenas empujo la puerta, un sollozo ahogado escapa de mi garganta. Me apoyo con ambas manos sobre el lavabo mientras intento recuperar el aliento, pero es inútil. El pecho me duele demasiado.
—¿Para qué diablos volviste...? —susurro entre dientes, apretando los ojos con fuerza—. ¿Por qué vuelves a castigarme de esta manera?
Cierro los ojos con más fuerza, como si así pudiera detener el dolor, pero mi memoria vuelve a traicionarme.
Me arrastra hasta la última noche que pasamos los tres juntos.
Todavía puedo ver a Ethan tumbado sobre la cama haciéndole cosquillas a Noah mientras las carcajadas de nuestro hijo llenaban la habitación. Yo los observaba desde el marco de la puerta con una sonrisa que intentaba esconder detrás de un gesto de falsa severidad.
—¿Ustedes dos hasta qué hora piensan seguir jugando? —pregunté cruzándome de brazos, fingiendo estar molesta.
Noah levantó la cabeza y me regaló esa sonrisa capaz de derretirme el corazón.
—Un ratito más, mami... —pidió con su vocecita dulce, estirando los brazos hacia su padre para escapar de otro ataque de cosquillas.
Ethan soltó una carcajada y alzó la mano como si estuviera votando.
—Apoyo la moción —declaró con total solemnidad antes de guiñarme un ojo.
No pude evitar negar con la cabeza mientras me acercaba hasta la cama.
—Mañana será un día importante. Un jovencito muy travieso empieza el jardín y necesita dormir.
Me senté junto a ellos y acomodé con cariño un mechón de cabello sobre la frente de Noah.
Mi pequeño hizo un puchero tan exagerado que estuvo a punto de convencerme.
Ethan levantó las manos en señal de rendición y le revolvió el cabello.
—Lo siento, campeón. Mamá tiene razón. Debes dormir... pero te prometo que mañana, cuando vuelva por ti, iremos por un helado.
Los ojos de Noah brillaron al instante.
—¿De chocolate?
—De chocolate y de vainilla —confirmé sonriendo mientras le besaba la frente—. El que tú quieras, mi bebé.
El recuerdo termina por desvanecerse, pero el ardor en mi garganta no desaparece. Tampoco las lágrimas. Aún su recuerdo me duele.
Arrastro los pies hasta el lavamanos y abro el grifo. El agua resbala entre mis dedos antes de estrellarse contra mi rostro una y otra vez, como si pudiera llevarse el dolor que sigue aferrado a mi pecho.
No sirve.
Aprieto los párpados con fuerza, obligo a mis pulmones a llenarse de aire y respiro una, dos, tres veces hasta que el temblor comienza a ceder. Cuando levanto la cabeza, el reflejo del espejo me devuelve a una mujer con los ojos hinchados, las mejillas húmedas y un vacío que ya aprendió a vivir conmigo.
Me seco el rostro, cierro el grifo y abandono el baño convencida de que Ethan, por fin, entendió el mensaje.
Pero en cuanto cruzo la puerta vuelvo a encontrarme con él.
Sigue sosteniéndome la mirada con esa terquedad que siempre lo ha caracterizado, como si nada de lo que acabo de decir hubiera conseguido moverlo de su sitio.
La rabia vuelve a revolverme el pecho.
—Necesitas escucharme —su voz vuelve a buscarme con una calma que solo consigue incendiarme más por dentro.
Niego una y otra vez mientras una risa amarga termina escapándose de mis labios.
—¿Escucharte? —escupo cada palabra sin apartar la vista de la suya—. ¿Todavía no entiendes que ya no tienes derecho a pedirme absolutamente nada? Hace cuatro años decidiste desaparecer de mi vida... ahora vive con esa decisión.
No se defiende, ni intenta justificar su ausencia.
—Olivia... —pronuncia mi nombre con una paciencia que termina por desesperarme.
Levanto una mano.
—No... —lo corto con la voz endurecida por el llanto—. No vuelvas a pronunciar el nombre de mi hijo para impedir el divorcio. No vuelvas a utilizar a Noah para manipularme. No te lo voy a permitir.
El gesto de Ethan se resquebraja. Aprieta la mandíbula y contiene el aire, como si estuviera librando una batalla consigo mismo antes de volver a hablar.
—No está muerto —afirma sin apartar los ojos de los míos.
La carcajada que brota de mis labios nace cargada de rabia y termina rompiéndose antes de convertirse en llanto.
Sacudo la cabeza incapaz de creer hasta dónde es capaz de llegar.
—Eres un miserable... —susurro con la voz hecha pedazos—. ¿Hasta dónde piensas rebajarte para impedir que firme ese divorcio?
Ethan soporta el peso de mi desprecio sin retroceder un solo paso. Sus dedos se cierran en un puño a los costados del cuerpo y, después de contener el aliento durante unos segundos, deja caer las palabras que terminan por detener el mundo bajo mis pies.
—Tengo pruebas.







