El último día del viaje amaneció gris y silencioso en Moscú, como si la ciudad también estuviera de resaca emocional. Helen observaba la nieve derritiéndose lentamente en el borde de la ventana de la suite, mientras el café exhalaba su aroma cálido sobre la bandeja. Estaba envuelta en una bata suave, el cabello aún húmedo por la ducha y la mirada perdida en la nada, hasta que escuchó el sonido seco de la puerta abriéndose a su espalda.
Ethan entró en la habitación, desabrochando los botones del