Mundo ficciónIniciar sesiónSi tuviera que empezar a contar mi historia sería desde el día que me subí en aquel avión, con rumbo a una vida mejor para recuperar lo que me habían quitado. Mi único propósito en aquella travesía era trabajar duro, pero el destino me tenía algo diferente preparado, enamorarme del nieto de la anciana que cuidaba, y el problema no era eso, sino quien era él. Detrás de cada persona siempre hay un libro lleno de vivencias, el mío estaba lleno de borradores que fueron acabando con mi autoestima, con la confianza en los hombres, hasta que llegó él y decidió ponerme la vida en bandeja, era yo la que tenía que jugar con esta y ver lo que se sentía al estar en la cima más alta y viéndolo todo desde arriba. Pero había un problema en todo esto, y es que no era la mujer que él necesitaba, porque Lars era el duque de Baden, un diamante en todo su esplendor y yo solo una piedra barata que no pegaba ni con cola con él. Mientras su arrolladora mirada me observaba, mi alma danzaba en lugares desconocidos. Ante él, siempre me sentía desnuda, y me hacía ser lo que no quería mostrar a nadie, me ocultaba bajo una fachada falsa, y lo único que conseguía con eso fue dejarlo mirar en lo más profundo de mi ser. Fue un error caer, y los errores se suelen pagar con precios elevados. Yo, ... A mis veintidós años en un país ajeno en busca de esa esperanza para volver a recuperar a mi bebé. De valientes, es decir: Yo no me merezco esto. Pero de ganadores, es decir: Merezco una oportunidad. Y yo no sabía en qué punto poner. ¿Valiente o ganadora?
Leer másIDRIS DOYLE
—¡Qué gusto me da conocerte por fin! —exclamó la rubia en la mesa mientras me veía con aparente diversión—. Entonces, tú eres Idris, la asistente personal de Liam.
—Así es, señorita Spencer —contesté con una sonrisa mecanizada y tomando su abrigo del armario—. Su taxi la espera.
Mi deber siempre era despedir a las mujeres con las que se citaba mi jefe, entregarles educadamente su abrigo y encaminarlas hacia el auto que las estaría esperando para llevarlas a su casa, pero cada vez era más complicado convencerlas.
—Pero si la noche aún es joven y pienso divertirme en la cama de Liam —dijo entre risas mientras tomaba su copa—. Mejor guarda mi abrigo y danos privacidad, ¿quieres?
Liam estaba refrescándose en el baño, esperando a que, al regresar, la señorita Spencer ya no estuviera.
—No entiende, necesito que se retire, ya es muy noche y el señor Blake necesita descansar.
—No, tú eres la que no entiende. —Se levantó altiva y presuntuosa—. Se dice que te gusta frustrar los encuentros de tu jefe con otras mujeres. ¿Estás celosa de que él no te vea como nos ve a nosotras? ¿No entiendes cual es tu papel como su asistente?
—Señorita Spencer… —¿Cómo le podía explicar que sacarla de este lugar era petición de él y no mía?
—Idris… ¿qué hace ella todavía aquí? —preguntó detrás de mí Liam, haciendo que un escalofrío recorriera toda mi espalda.
—¡Liam! Creo que tu ayudante está celosa —dijo la mujer divertida, mordiendo el borde de su copa como niña pícara cometiendo una travesura—. Me imagino que se ha enamorado de ti y no parece dispuesta a compartirte.
Liam me miró fijamente a los ojos, como si dudara de lo que le había dicho esa mujer. Antes de que las manos de esa chica se posaran en su pecho, él se movió hacia la puerta. —Clark, lleva a la señorita Spencer afuera. El taxi ya debe de estar esperando.
De esa manera, su chofer, que al mismo tiempo era su mano derecha, se asomó por la puerta, mientras que Liam me arrebató el abrigo de la mano y se lo aventó a la señorita Spencer, antes de tomarla con brusquedad del brazo y arrastrarla hacia la puerta.
—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué me tratas así? —preguntó desconcertada sin poder detenerse.
—No pienso desperdiciar mi noche contigo, así que… largo. —La arrojó a los brazos de Clark y, antes de cerrar la puerta, le dedicó una mirada de repulsión que la recorrió de pies a cabeza—. Tal vez si tu plática no hubiera sido tan burda y vacía, de escaso gusto y refinamiento, las cosas serían diferentes… No me llames, yo te llamo.
Cerró la puerta antes de que la mujer pudiera quejarse y podía apostar que Clark se la llevó evitando que Liam pudiera escuchar los gritos de desaprobación. Con paso firme y la camisa desabotonada, trazó una línea recta con su andar, de la puerta a la habitación. Justo al llegar a mi lado, se detuvo, me vio con atención, como si quisiera leer mi mente, y suspiró.
—Tienes dos minutos… —Siguió su camino, haciendo que todo dentro de mí se revolucionara. Llevaba tanto tiempo trabajando para él que no podía creer que aún no me acostumbrara a su voz o a sus órdenes.
La única sirvienta con la que contaba el departamento corrió hacia mí, ayudándome a soltarme el cabello y retirarme el saco. Desde que comencé a trabajar para él, mi uniforme era un traje sastre entallado con una falda que dejara ver mis piernas desde la mitad de mis muslos hasta mis tobillos.
Entré a la habitación, desanudando mi corbatín mientras la sirvienta se precipitaba hacia el baño para preparar la tina con sales que perfumaran mi piel, pero antes de seguir desnudándome, la mano de Liam me sujetó con fuerza por la muñeca.
—Déjanos solos —le pidió a la sirvienta que parecía desconcertada y de un brinco se alejó de la tina y salió de la habitación.
—Fue mi error por no saber cómo despedir a la señorita Spencer a tiempo —acepté mientras él se plantaba frente a mí y seguía desabotonando mi blusa—. Si me da un minuto más…
—Shhh… —dijo con suavidad despojándome de la prenda.
Era la asistente personal de uno de los hombres más poderosos del país, dueño de una farmacéutica que dominaba el mercado y el hombre más codiciado no solo por su fortuna, sino por su belleza tan compleja. Era atractivo y su personalidad fría e inalcanzable lo hacía tan deseado.
No había mujer que no ambicionara su corazón y era común que él saliera cada semana por lo menos con tres diferentes, pero ninguna llegaba a su cama, ese era mi territorio.
Me hacía cargo de su agenda, de su café por la mañana y de organizar sus trajes para la semana. Realizaba cualquier encargo, compraba lo que él deseaba y contactaba a quien él quisiera, pero tenía reglas que no cualquiera tenía. Siempre debía de portar la lencería que él escogía para mí, debajo de mi uniforme y siempre debía de estar dispuesta a dejar que me tomara cuando así lo quisiera.
—Dime, Idris… ¿Tenía razón esa mujer? ¿Te estás enamorando? —preguntó mientras besaba mi cuello, haciendo que me derritiera.
—No, señor —contesté luchando porque mi voz sonara firme.
—¿Estás segura? —volvió a preguntar, tomándome por la cintura y girándome, buscando el cierre de mi falda para hacerla caer.
—Segura, señor… Esto es solo trabajo —contesté con las manos contra la pared mientras las suyas me tomaban con firmeza de la cintura y sus labios besaban mi espalda.
—Que nunca se te olvide —dijo contra mi oído mientras su mano me tomaba por el cuello—. Solo hay dos cosas que siempre debes de tener en mente. Uno, esto solo es trabajo, nada de sentimentalismos tontos. Dos, solo yo puedo tocarte, tu cuerpo es mío.
Y eso intentaba, siempre pensar que él era un hombre sin sentimientos, que solo buscaba placer y dinero, pero ¿cómo podía convencerme si había días que sus labios me besaban con ternura? ¿Cómo podía ignorar sus caricias tan suaves? ¿Cómo podía fingir que mi alma no vibraba cuando, después de follar, besaba mi espalda lentamente, dejando miel sobre mi piel?
Había noches en las que me hacía sentir especial sin necesidad de emitir ni una sola palabra. Estaba perdiendo la cabeza entre fingir que no me importaba y disfrutar de esos momentos de intimidad donde él dejaba de ser Liam Blake, el cruel CEO sin corazón.
LARS El dolor siempre debe acompañarnos y hacernos ver que cada cambio es sufrible. Cambiar duele, creer duele, amar duele, asimilar los hechos duele e incluso olvidar duele, pero no hay dolor más poderoso que tirar la toalla ante el mismo dolor del que estábamos hablando. —Cada día peso más, en serio, papá— oí a Martina hablando con su padre que estaba de visitas. Se quedará hasta que su hija de a luz a mi segundo hijo. Con una sonrisa entré hasta donde estaban y pasé mi mano por su abdomen y ella se sobresaltó, ya que no me oyó llegar. —Ya te queda poco, amor. Su padre sonrió por la complicidad de nuestras palabras y después solté un beso rápido sobre sus labios. —Papi— Leo llega hasta mí corriendo y lo alzo en voladas. Sonríe a carcajadas, ya que le encantaba que diera vueltas con él en el aire. —Oye, mi amor. Nuestros invitados estarán al caer, ¿no? —Supongo que habrán aterrizado. Mario me llamó antes de abordar su jet. —Vale, solo que quiero tenerlo todo listo para cuando
MARTINA¿Qué es la vida para el ser humano? ¿Qué es lo que tanto amamos de esta que nos cuesta abandonarla?No sé, ya sea de algún modo u otro, por cualquier motivo, siempre hay algo tan importante que nos obliga a querer quedarnos en ella.De alguna manera y según fueron pasando los días, pude comprender y ojalá algún día cualquier persona que haya pasado por una pérdida como la que tuve, pueda entender que en este mundo no se pierde nada, si no se gana un ángel en la otra vida.Así hice yo y gané a mi dolor, superé a mi perdida. Y terminé por sonreír porque había alguna razón por la cual debía serlo. Y en esta ocasión, Lars necesitaba verme completa porque él no solo perdió lo que yo perdí, sino que también a su abuela. A la mujer que hizo todo para unirme a su nieto y que cerró los ojos cuando vio que hizo realidad lo que quería.Meses después—Es hora, mi amor, ¿estás preparada? — llegó a mí y me sacó del trance en el que me encontraba. Habían pasado meses desde aquel día que jamá
LARSParecía que estaba viviendo una pesadilla la cual necesitaba despertar. No era cierto que cabía esa posibilidad de que Martina estuviera sufriendo un aborto. No, ahora que al fin habíamos empezado a ser felices.El instructor de la excursión nos llevó al hospital más cercano de la zona y atendieron a mi mujer, no sabría lo que podía suceder ahí dentro o que iban a hacerle, pero fuera lo que fuese, los quería sanos a los dos.Mientras esperaba alguna noticia, mi móvil empezó a sonar una y otra vez.—¿Lars, hijo? — escuché la voz de mi madre nada más contestar. Me ardía el pecho.—¿Que ocurre, madre? — pregunté por qué sabía que algo había pasado por ahí. Ya que la desesperación de su voz me anunció lo peor.Leo, ¿era mi hijo?—¿Mi hijo está bien?—Sí, él está bien, pero... — se detiene y rompe en llanto.Y comprendí de quien se trataba sin necesidad de oír más.—Mi abuela...—Lo siento, hijo.Y el médico aparece y se presenta mientras me explica que no han podido hacer nada por el
MARTINALos latidos de mi corazón retumban en mis oídos, había un gran silencio y perfectamente escuché la respiración de Lars mezclada con mi ritmo cardiaco.Abrí los ojos y el día había llegado. Apenas habíamos descansado como era debido, pero estaba más que contenta al despertar.—Buenos días— saludé al ver que este pasó su mano por la espalda después de incorporarme.—Buenos días, mi cielo.Sonreí inclinándome a él para besarlo. Sus ojos azules eran más claros a esta hora de la mañana y con los reflejos de los rayos del sol le hacían un sombreado a su figura sobre la tela de las sábanas.—Hoy empieza nuestra luna de miel.—Estoy deseando llegar a Tokio—Y yo enseñarte ese lugar.Reconozco que fue más que una boda, Lars me regaló el privilegio de experimentar uno de los momentos más hermosos que pasa el ser humano a lo largo de su vida. Y yo me grabé a fuego todo y cada uno de los instantes que vivimos ayer.El vuelo introductorio en helicóptero, después de descansar el primer día
LARSQue no te haya sucedido en ese momento no significa que no sucederá. Hay cosas que necesitan madurar, un tiempo para crecer y que podamos llegar a vivirlas, a saborearlas con toda su esencia. Hoy por hoy, es mejor dejar que el tiempo transcurra y esperar. Porque la espera habrá valido la pena después de ese tiempo transcurrido.—Hermano, felicidades— dijo Volker, nieto de mi tía, me abraza con una enorme sonrisa—. Bienvenido al club de los casados.Sonreí y miré a Mario que se acercó a nosotros, mientras tanto, Martina estaba con su amiga y mi abuela.—Gracias, y feliz de unirme a los casados.—No sabes lo intenso que es a veces— Mario comenta y levanta la copa—, brindo por tu felicidad, Lars. Te lo mereces. Y, por cierto, te nos adelantaste con ser padre— le dio un golpe a Volker y este sonrió.—Eso es verdad. A nosotros aún nos falta un par de años, nuestras queridas esposas tienen que graduarse para hacernos cumplir ese sueño.Curvé los labios al oírlos—. Amelia está que no ti
LARSLa belleza te puede cautivar, te puede engañar y te puede enloquecer, pero el alma y la personalidad de alguien es la que te hará enamorarte, y perder la cabeza en todo el sentido de la palabra.Antes de amar su físico, amé su interior, su forma de ser y la forma que la hacía única. Su mirada.—Te puedo decir que eres la mujer más hermosa que jamás antes haya visto. Y te puedo decir que no hay hombre que no se enamore de ti— besé el hombro de Martina, estaba frente al espejo viendo su reflejo con el vestido de novias puesto.Ella sonrió y giró sobre sus talones para ajustarme bien la corbata. El nudo me apretaba y este no se ponía como me gustaría. Sé que son los nervios, pero un día como hoy, eran necesarios.—Estás para no dejarte salir de esta habitación— dijo sonriendo. Los invitados nos esperaban en el castillo y ella y yo nos tomamos nuestro tiempo para prepararnos a solas. Con besos y caricias.—Nos hemos saltado todos esos mitos que dicen en las bodas y una de ellas es qu
Último capítulo