24 de agosto de 1741
Todo empieza como una horrible pesadilla.
Catherine está de nuevo atada de pies y manos con las tetas expuestas para el comodoro. Recostada en la cama y completamente indefensa, su pecho sube y baja agitado mientras el hombre de ojos ambarinos la contempla desnuda. No hay rastros de sangre en sus manos como ella lo recordaba, en cambio, está con la camisa entreabierta, y ya no trae esa ridícula peluca blanca que lo hace ver tan gracioso.
El comodoro no dice una palabra. Ell