Sonreí con amargura al decir eso.
—Es un hecho. Estoy gorda.
El señor Sebastian se levantó de su silla de inmediato. En un solo paso, ya estaba justo delante de mí. Sus manos grandes y cálidas tomaron mi rostro, sujetaron mis mejillas con suavidad, obligándome a mirarlo a los ojos.
—No digas eso —dijo con firmeza. Sus ojos color avellana me miraban profundamente—. No es cierto, Ana.
—Pero…
—No hay peros. Tu cuerpo es el mejor cuerpo que he visto en todo este tiempo.
Negué con la cabeza. —Señor