¡Pum! Con esas palabras, parecía que encendieron la mecha en toda la sala. El Dios de las apuestas se retorció con rabia los labios, su mirada despectiva era como una fuerte erupción volcánica, y sus dientes rechinaban con fuerza.
—Quiero tu cabeza como apuesta. Si pierdes, incrustaré tu cráneo en la tapa de mi inodoro.
Lorenzo encogió los hombros de forma indiferente.
—Puedes hacer lo que quieras con mi cráneo, ya que todo es posible en los sueños.
—No pierdas el tiempo con él —interrumpió al i