—¡De verdad eres un imbécil!
Los hombres señalaron a Lorenzo y comenzaron a insultarlo.
—¿Tus padres no te enseñaron a no señalar con el dedo a los demás? —Lorenzo levantó fijamente la mirada, tomó la mano de uno de ellos y le rompió el dedo.
—¡Ay! —el hombre gritó de agudo dolor, encorvándose mientras su cuerpo se sacudía bruscamente.
Al ver esa escena, los demás se quedaron en completo silencio y con los ojos muy abiertos.
Lorenzo, con calma, dijo:
—¿Les pedí que vinieran? No se tomen a sí mis