El segundo lunes de enero amaneció con el tipo de frío que no negocia.
Seco. Sin humedad. El tipo que entra por las juntas de las ventanas aunque estén cerradas y que hace que el cuerpo gaste energía solo en mantener la temperatura que necesita para funcionar.
Treinta y siete semanas.
La bebé era cabeza abajo desde la semana treinta y cuatro, que era lo correcto. La Dra. Sanz había dicho que el embarazo seguía dentro de todos los parámetros esperados.
Me levanté a las seis.
Valentino ya estaba