—Por favor, suéltame.— Su acelerado corazón luchaba por calmarse mientras fruncía el ceño, mirando con desaprobación la gran mano que la sujetaba del hombro.
Ezequiel no soltó su agarre, pero aflojó un poco la presión. Con una mirada de soslayo hacia su rostro pálido y demacrado, preguntó:
—Mi abuelo dejó un testamento. ¿Quieres saber qué dice?
El testamento de su abuelo. La sorpresa la invadió. La última vez que lo visitó en el hospital, le había mentido diciéndole que su hijo estaba bien, con