Convencida de que uno de ellos estaba a punto de salir del despacho, se apartó con sigilo, caminando a zancadas apresuradas y casi tropezando de regreso a la habitación donde la esperaba su hijo. Su cuerpo entero era un manojo de nervios; las manos le temblaban de forma descontrolada y el aire apenas le alcanzaba en los pulmones.
Mientras tanto, al otro lado de la puerta en el despacho, Sandro miró a Alexander con el ceño fruncido.
—Oye... —murmuró Sandro, arqueando una ceja—. Tengo la impresi