Ahora entendía por qué se veía tan demacrado y pálido.
—María, por favor ayuda a Isabel. Nos equivocamos en todo lo del pasado, ¿puedo pedirte perdón? Ten un poco de compasión y ve al hospital una vez más, ayúdala...
Carmen se acercó de repente y me agarró la mano, un movimiento tan brusco que asustó a mi perro, que se escondió detrás de mí.
Fruncí aún más el ceño, mirando a Carmen con una risa fría en mi interior.
—Qué sorpresa, nunca pensé que en esta vida escucharía tus disculpas —no pude evi