—¿Hola, María? —la voz profunda y suave de Lucas sonó al teléfono, como aquella voz que solía resonar en los altavoces de la escuela, tan reconfortante que hasta dispersó el frío que sentía.
Apreté el teléfono y mi mente se quedó en blanco. Cuando intenté hablar, mi centro del lenguaje hizo cortocircuito y solo pude balbucear: —Eh... ¿ya comiste?
Se escuchó una risa del otro lado. —Sí, ¿y tú?
—¿Yo? —su pregunta me devolvió a la realidad—. ¿Acaso no sabes si comí o no?
—¿Por qué debería saberlo?