Los ojos de doña Elena brillaron al recibir el chal, asintiendo repetidamente: —Me encanta, este índigo es elegante y distinguido, y el bordado es sobrio.
Se levantó y se lo puso inmediatamente, dando dos vueltas frente a mí: —¿Qué tal?
—Precioso, usted tiene tanta clase que todo le sienta bien.
—¡Ah, qué halagadora! Tienes buen ojo y gusto. El vestido tradicional que le hiciste a Mariana le quedaba espectacular —doña Elena no paraba de alabarme, cada palabra me hacía florecer de alegría.
—Graci