―¿Ah? ―me sobresalté y, aunque fuera por teléfono, no pude evitar sonrojarme, ¡qué vergüenza!
¿Acaso lo había hecho salir a mitad de...?
Dios mío, me cubrí la cara con una mano, tratando de no imaginar la escena.
―¿Necesitabas algo? ―Lucas, probablemente también incómodo, fue directo al tema.
―Oh, sí, cierto ―volví en mí, bajando la mano de mi cara y recuperando la compostura―. Quería preguntarte por tu información bancaria, para devolverte algo de dinero, siete millones.
―¿De dónde sacaste tan