—Encárgate de darle una paliza. Lo quiero suplicando de rodillas.
—Sí, señor —contestó el hombre del otro lado de la línea.
Gustavo dejó el teléfono sobre su regazo, mientras una sonrisa retorcida se mostraba en sus facciones. En una esquina, una menuda figura lo observaba con cautela, se trataba de Carol, la niñera de su hija Sophie.
—Disculpe —carraspeó ella—, le traje una taza de té.
Gustavo arqueó una ceja al verla junto al umbral de la puerta.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó con