Un gusto conocerte.
Abrió la puerta con sigilo, asomó apenas la cabeza y miró hacia ambos lados. Cuando comprobó que no había nada fuera de lo usual salió de la casa, seguido de su perro.
—Muy bien, andando —enunció, colocándose las gafas oscuras (de sol).
Caminó tranquilo por el pasillo con la firme intención de llegar a la vereda y...
—¡Eh, vecino!
«No de nuevo», pensó.
Haciendo caso omiso, como si no hubiera escuchado nada, apresuró los pasos.
—¡Vecino, le estoy hablando!
Inhaló y exhaló hondo, deteniéndose.
Mi