ANDREA
Caminaba de un lado a otro en mi lujoso apartamento, mis tacones resonando en el suelo mientras mi ira se negaba a calmarse. Sentía el pecho agitado y las manos me temblaban, no por miedo, sino por frustración.
—¡¿Qué demonios?! —grité—. ¿Por qué sigue viva esa bruja?
Francine estaba sentada tranquilamente en el sofá, removiendo el vino en su copa como si nada grave hubiera pasado. Ni siquiera pareció sorprendida por mi reacción, lo que solo me irritó más.
—Te lo dije —dijo con pereza, d