Sam no pudo descansar casi. No sabía que era, si el estrés o el cansancio pero su hija había dormido escasas horas. Después de estar dando vueltas por la habitación y que la pequeña la mirara con esos ojitos azules y los labios haciendo pucheros, Sam se rindió.
—Vamos nenita, mamá no puede mantenerse en pie del cansancio, duérmete un rato, aunque sea chiquito.
La niña le ofreció una sonrisa desdentada y siguió jugando con las ondas de su cabello como si nada. Sus ojos parecían dos balines y Sam