Capítulo 59. Luna de Miel.
El rumor del oleaje rompiendo con suavidad contra los pilotes de madera de la villa sobre el agua era el único compás que marcaba el paso del tiempo en la laguna de Aitutaki.
Afuera, el horizonte se fundía en un degradado infinito de azules turquesas y arenas blancas deslumbrantes; adentro, la atmósfera estaba cargada de un calor denso, salino y puramente visceral.
Maya descansaba sobre la cama de dosel, envuelta en sábanas de lino crudo que apenas cubrían sus muslos.
El embarazo de los gemelos