Cuanto más se revolvía Polly, intentando convencerse de que no era real, mayor se volvía el dolor entre sus piernas.
Fuera cual fuera la verdad, un rato después Polly podría jurar que la cama se hundió. Unas manos fuertes y cálidas abrieron su bata, exponiendo sus pesadas y sonrojadas tetas.
Unos labios cálidos se cerraron alrededor de un pezón rígido, chupando con fuerza, los dientes rozando el sensible brote mientras una palma áspera manoseaba y apretaba el otro pecho con posesividad.
Polly j