«No... no, por favor, ¡para!» murmuró Tracy momentos antes de incorporarse bruscamente en la cama.
Su grito resonó en su habitación oscura, su cuerpo cubierto de sudor frío que empapaba su fina camiseta blanca sin mangas.
La pesadilla había sido vívida. Una figura sombría abalanzándose sobre ella, el destello del acero bajo la luz de la farola. Su cuerpo presionado contra el de ella.
«Dame el bolso, puta», dijo su voz ronca y áspera en su oído, presionando la hoja fría de un cuchillo contra su