«Oh joder, papi. Mira lo mojada que está ya mi coñito para ti», gimió Ella.
La voz de Ella era un susurro ronco, lo suficientemente bajo como para no atravesar las ventanas tintadas de su coche aparcado en la esquina sombría del estacionamiento del hotel.
El teléfono estaba apoyado contra el salpicadero, con la cámara inclinada hacia abajo desde su barbilla para que su rostro permaneciera oculto en la sombra. Solo se mostraba su cuerpo. Su gabardina estaba abierta, sus pesadas tetas y su coño d