Dejar que sus cuerpos hablen, eso sí que es un delito, porque sería no pensar en absolutamente nada, sino dejarse llevar, cuando cada uno tiene su vida con otra persona. Sin embargo, el razonamiento desapareció en ambos; su mente se nubló. El placer de esas caricias y besos los obliga a no parar y besarse con más pasión. Esa necesidad de quemarse en aquella llama ardiente, imposible de apagar.
El agarre de Arthur es determinante, es como si le dijera: "Así te quieras ir, no podrás, eres mía". S