85. Un límite bajo las sábanas de seda
El corazón de Elara dio un vuelco al escuchar esa petición. El aliento se le atascó en la garganta.
—¿Dormir aquí? —susurró Elara con los ojos muy abiertos—. Estás bromeando, ¿verdad?
—Nunca bromeo con este tipo de cosas —respondió Jaxon con voz ronca. El hombre apoyó la espalda en la puerta, que ya estaba cerrada con llave. Cerró los ojos con cansancio.
Elara empujó suavemente el pecho de Jaxon, buscando una distancia segura.
—Tu padre y tu madre duermen al final de este pasillo, Jaxon. Si oye