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4. El aroma de la sangre al final del pasillo

—Oh, Richard lo encargó —respondió Sarah con una sonrisa de orgullo—. Contrató a una compradora personal para llenar tu armario. Dijo que la hija de la familia Thorne debe vestirse de acuerdo a su estatus.

Elara tomó un vestido de seda color esmeralda, sintiendo la fría tela contra su piel. —Pero esta no soy yo, mamá. A mí me gustan mis jeans rotos y mis suéteres de punto holgados. Si me pongo esto para ir a la universidad, todos me mirarán como si fuera un extraterrestre.

—Úsalo por Richard, El —le rogó Sarah, y su voz adquirió un tono suplicante—. Solo quiere demostrarte su cariño. No lo decepciones en nuestro primer día aquí.

Elara dejó escapar un largo suspiro y devolvió el vestido a su percha. Se sentía como una muñeca recién comprada en una tienda, a la que vestían según los caprichos de su nuevo dueño. Sin embargo, al ver el rostro esperanzado de su madre, el espíritu radiante de Elara volvió a tomar el control. No iba a arruinar la felicidad de su madre solo por un problema de ropa.

—Está bien, mamá. Intentaré ponerme el vestido menos llamativo esta noche. —Elara esbozó una amplia sonrisa, mostrando los dientes—. Pero no prometo poder caminar con esos tacones de aguja sin caerme por las escaleras.

Sarah se rio, aliviada, y besó la mejilla de Elara. —Eres la mejor hija del mundo. Descansa un poco. Volveré a mi habitación al final del pasillo para deshacer las maletas.

Después de que su madre se fuera, el silencio volvió a adueñarse de la habitación. Elara se sentó en el borde de la mullida cama. Abrió su vieja mochila, sacó un pequeño marco de fotos con una imagen de ella y su madre de vacaciones en una playa pública hacía dos años, y lo colocó sobre la mesita de noche de mármol. El barato marco de plástico contrastaba drásticamente y se veía fuera de lugar allí. Exactamente igual que ella.

El estómago de Elara gruñó con fuerza. Miró su reloj digital. Apenas eran las diez de la mañana. Faltaban tres horas para el almuerzo. El estrés de la mudanza le había abierto el apetito.

—Tal vez no haga daño buscar la cocina —murmuró Elara para sí misma—. Los ricos deben tener un refrigerador, ¿no?

Elara se puso de pie, se alisó la camiseta básica y los jeans descoloridos que llevaba puestos, y salió de la habitación.

Resultó que la mansión era mucho más confusa cuando se exploraba a solas. Los pasillos parecían idénticos, con sus puertas de madera blanca herméticamente cerradas. Elara llevaba caminando diez minutos, había bajado por la escalera de caracol equivocada y ahora no tenía la menor idea de dónde estaba.

No se veía a un solo empleado. Esta casa era demasiado grande y estaba demasiado vacía.

—¿Izquierda o derecha? —susurró Elara al llegar a una intersección en el pasillo, cubierto por una gruesa alfombra. Eligió la derecha, con la esperanza de que aquel corredor la llevara a la parte trasera de la casa, donde solía estar la cocina.

Sin embargo, cuanto más avanzaba, más parecía cambiar la atmósfera de la casa. Las paredes, que antes estaban pintadas de blanco marfil con cálidos paneles de roble, se transformaron poco a poco en paneles de caoba mucho más oscuros. Los candelabros de cristal fueron reemplazados por apliques de pared de estilo gótico que emitían una tenue luz amarillenta. El aire se sentía más frío, como si el aire acondicionado en esa zona estuviera ajustado a una temperatura mucho más baja.

Los pasos de Elara se ralentizaron. El frío trepó por la piel desnuda de sus brazos. Tuvo la sensación de haber salido de la zona del "museo" para adentrarse en un mausoleo.

—¿Señor Harrison? —llamó Elara en voz baja. Su voz no produjo eco, como si aquellas paredes oscuras se hubieran tragado el sonido. No hubo respuesta.

Elara tuvo la intención de dar media vuelta, al darse cuenta de que probablemente había cruzado los límites sin querer. Recordó la advertencia que el mayordomo le había hecho esa misma mañana.

El Ala Este es el área privada del joven amo Jaxon.

El corazón de Elara comenzó a latir con más rapidez. ¿Acaso se había perdido y había terminado en el Ala Este?

Justo cuando estaba a punto de girarse, sus ojos captaron algo al final del lúgubre pasillo. A diferencia de las otras puertas de la mansión, que eran blancas o de un elegante color marrón, la puerta al final del pasillo era de un negro absoluto. Tan oscura que parecía un agujero negro absorbiendo la luz.

Estaba hecha de madera maciza y gruesa, sin una perilla convencional; en su lugar, tenía un panel de cerradura electrónica con una luz indicadora roja que parpadeaba lentamente, como si fuera el latido de un corazón. No tenía tallados ni adornos. Solo era una puerta negra que gritaba una advertencia letal: No te acerques.

Elara se quedó clavada en su sitio. Su lógica le gritaba que corriera de vuelta a su habitación, que se refugiara bajo las sábanas de seda y olvidara lo que había visto. Sin embargo, la curiosidad, una debilidad fatal derivada de su inocencia, ancló sus pies al suelo.

Había algo extraño.

Elara olfateó el aire. Entre el olor a madera barnizada vieja y el frío del aire acondicionado, su nariz captó un aroma que contrastaba fuertemente con la fragancia a rosas del jardín delantero. El olor era sutil, pero muy penetrante.

Olía a alcohol médico. Al líquido antiséptico que su madre solía usar en el hospital. Y a algo más. Algo que olía a hierro oxidado, dulce y metálico al mismo tiempo. Sangre.

Los ojos de Elara se abrieron de par en par, horrorizados. Dio un paso atrás, temblando. Su corazón ahora le golpeaba las costillas con violencia. Ese aroma a sangre fresca emanaba tenuemente por la rendija inferior de aquella puerta negra y opaca.

¿Qué había detrás de esa puerta? ¿Quién estaba sangrando dentro de una casa tan majestuosa?

De repente, el sonido de unos pasos pesados y rítmicos, de alguien que llevaba botas, resonó desde las escaleras en el otro extremo del oscuro pasillo. Alguien estaba subiendo a esa planta. Los pasos sonaban cansados, pero emanaban un aura amenazadora que le cortó la respiración a Elara.

Resultaba que esta jaula de oro escondía a su demonio con sumo cuidado. Y Elara acababa de plantarse justo frente a la puerta de su infierno.

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