30. La danza de la muerte sobre el asfalto
El paisaje del muelle 47 al otro lado de la ventanilla se transformó al instante en borrosas y mareantes líneas de neón.
—¡Jaxon! ¡Más despacio! —gritó Elara, aunque su voz fue ahogada por el ensordecedor rugido del motor V8. Su mano libre se aferraba al arnés de cinco puntos hasta que sus nudillos se pusieron blancos, mientras su mano izquierda seguía firmemente sujeta sobre el muslo de Jaxon.
Jaxon ignoró sus gritos. Sus ojos, afilados como los de un halcón, estaban fijos en la recta pista mo