ELIOT MAGNANI
Desde que abandoné París no dejaba de ver esa maldita nota que me había dejado Cristine en la mesita de noche. Entre más lo pensaba, más me dolía la cabeza. Algo no estaba bien, algo olía a sucia y asquerosa trampa y no me costaba señalar a Rinaldi como el único capaz de envenenarla en mi contra. Suficiente con todos los errores que había cometido como para que él empeorara la situación.
Pero ¿qué podía hacer yo? Cada vez que me intentaba acercar a ella se defendía como gato panz