SLOANE D’MARCO
—Ahora entiendo tu mejilla inflamada —contestó mi padre con excesiva ternura antes de acariciar mi espalda, mientras yo seguía lidiando con las náuseas y las repentinas arcadas que me obligaban a encorvarme y apoyar mis manos en las rodillas—. Tuviste que decírmelo antes, mi amor. Sabía que su comportamiento tan distante de ti tenía que asociarse a una posible infidelidad. Lo lamento mi niña, no debió ser fácil pasar por eso.
Me estrechó mientras yo no paraba de temblar y sudar