Nunca planeé pillar a la nueva esposa de mi padre masturbándose con mis bragas presionadas contra su cara como un sucio secreto.
Pero ahí estaba.
Elena.
Treinta y dos años, piel besada por el sol aún brillante por las caras vacaciones que ella y papá acababan de regresar, con las piernas abiertas de par en par sobre mi cama deshecha como si fuera dueña de la puta habitación. Su vestido veraniego estaba subido hasta las caderas, sin bragas debajo, solo su coño desnudo, brillante y expuesto. Dos