Soltó un sonido grave en la garganta que sentí más que oí.
—Este coñito tan bonito —murmuró, mientras su dedo corazón trazaba lentos y enloquecedores círculos alrededor de mi entrada sin llegar a entrar—. Llevando todo este tiempo aquí, intacto. —Su dedo volvió a rodear, ligero como una pluma, y yo me mordí el labio con fuerza—. Escuchándome a través de esa pared todas las noches, excitándote sola y sin que nadie te cuidara. —Me miró—. Eso es un puto crimen.
—Por favor… —Mis caderas persiguiero