Me empujó sobre la cama, su cuerpo cerniéndose sobre el mío, sus manos sujetando mis muñecas por encima de mi cabeza. Podía sentir su dureza contra mí, su deseo, la mirada en sus ojos, cómo se flexionaban sus músculos a mi alrededor. Todo eso me hacía querer más… me hacía obedecer.
—Abre las piernas, Lily —gruñó, con voz llena de hambre—. Muéstrame ese dulce coñito tuyo.
Dudé un momento, invadida por los nervios. Pero al mirarlo a los ojos y ver el hambre y el deseo, no pude resistirme. No podí