Jake seguía allí, repantigado en la cocina con esa postura despreocupada suya, tomando café como si nada hubiera cambiado, pero todo había cambiado desde ayer. Mis mejillas ardían solo de pensarlo: cómo había entrado en mi habitación, mis piernas abiertas de par en par, ese dildo grueso enterrado profundo en mi coño.
Lo aparté de mi mente, intentando actuar normal mientras cogía un bol del armario para cereales. Jake me miró, su mirada demorándose un segundo de más en mi camiseta de tirantes y