Clara
Alisé la tela crujiente y negra de mi uniforme de doncella, la falda corta abrazando mis caderas un poco demasiado ajustada, el delantal blanco perfectamente anudado alrededor de mi cintura. Era mi tercera semana trabajando para el señor Harlan, y cada día me encontraba mirando el reloj, preguntándome si hoy sería el día en que las cosas cambiarían.
La mansión era enorme, con suelos de mármol pulido y estanterías que llegaban hasta el techo, pero era su presencia la que hacía que mi pulso