Mia
Empujé las pesadas puertas de cristal del gimnasio, el olor familiar a sudor y esterillas de goma me golpeó como una ola. A mis 28 años, llevaba meses machacando con las pesas, esculpiendo mi cuerpo hasta hacerlo más firme, más fuerte, con curvas que hacían girar cabezas.
Mi sujetador deportivo se pegaba a mis pechos llenos, ya húmedo por el corto trayecto, y mis leggings abrazaban mi culo como una segunda piel, marcando cada flexión de mis muslos. Ese día necesitaba entrenar, el trabajo ha