El alba despuntaba con una tenue luz dorada que bañaba el horizonte, tiñendo de cobre las torres del castillo de Velkan. La brisa matutina traía consigo el olor a hierba húmeda y tierra fresca, pero también algo más oscuro, algo que se escondía entre los recovecos del viento: un presentimiento de sangre y muerte. Mia, de pie en el patio principal, observaba cómo los soldados se preparaban para la partida. Sus movimientos eran rápidos y precisos, llenos de la tensión propia de los momentos previ