HELGA
El pitido rítmico y constante del monitor cardíaco era lo único que me mantenía anclada a la realidad, un recordatorio tajante de que ya no estaba atrapada en la oscuridad sofocante de aquel sótano. Mis ojos se llenaron de lágrimas cálidas y punzantes mientras el peso absoluto de mi libertad recién descubierta me golpeaba, haciéndome temblar entre las sábanas blancas y almidonadas del hospital. Extendí una mano temblorosa, mis dedos buscando el suave contacto de la mujer que me había saca