BARBARA
Estaba de pie en el camino de entrada de piedra fría, con el pecho agitado mientras observaba la silueta oscura del coche desaparecer en el manto de la noche. Una ola de amarga frustración me invadió, y no pude evitar negar con la cabeza con total incredulidad ante el hecho de que habíamos permitido que el arquitecto de nuestra miseria se nos escapara de las manos tan fácilmente.
—No llegarán lejos, Barbara, te prometo que ya he anticipado su desesperada necesidad de huir del país —dijo