Mundo de ficçãoIniciar sessão“El pasado puede doler, pero nunca podrás huir de él”
VALERIA
Al llegar a casa, Darla ya les tenía la fiesta montada mis hijos, con dulces, pizzas y música. Definitivamente, ella iba a ser la tía que buscaran mis niños cuando necesiten ayuda.
—Buenas noches. Veo que se han iniciado sin mí.
—¡Mami! ¡Mami! —Mis niños vienen corriendo a mis brazos —. La tía nos trajo dulces e hicimos galletas —responde Mía.
—Seguro quedaron divinas, mi muñeca.
—Mami. Tía nos dijo que pateaste los traseros de unos hombres y quedaron llorando —dijo Ed, todo orgulloso, mientras Darla no sabe dónde esconderse por usar ese vocabulario frente a los niños.
—Ay, niño soplón. Habíamos acordado que no repetirías lo que había dicho —. Pellizca sus mejillas.
—No sabía que eso también incluía a mamá.
—¡Bien! Ahora déjeme felicitar a su madre, pequeños traviesos—se abre camino para llegar a mí —. Sabía que lo lograrías. Ven acá.
Me abraza tan fuerte como puede y me da un par de besos.
—Estoy orgullosa de ti.
—Y yo de ti. Lo hicimos bien.
Chocamos nuestras manos y empezamos a saltar como adolescentes, y mis hijos se unieron al festejo.
—¡Sí, sí! ¡Tenemos a la mejor mamá del mundo! —gritó Ed.
—¡Ey!, no te olvides de mí— lo regaño Darla.
—¡Y por la mejor tía del mundo! —terminó de decir Mía.
Cabe destacar que las últimas horas nos las pasamos hablando de cómo logramos nuestros proyectos mientras mis hijos se unían de vez en cuando a la fiesta con sus ocurrencias.
—Les trajiste pizza, ¿no podías escoger algo más sano? —le reclamé.
—En mi defensa, tengo hambre y, aunque cocines de maravilla, no creo poder esperar y estamos de celebración. Además, esos niños merecen conocer el buen gusto de la comida chatarra.
—Si de ellos dependieran, vivirían comiendo galletas y pizza a cada instante.
—No sé cómo no te puede gustar lo dulce y la grasa. Eso sí, lo heredaron del padre.
—¿Me lo tienes que recordar?
—No necesito hacerlo, tú lo haces sin mi ayuda al ver a esos dos todos los días. —Es cierto. Cada uno tiene algo de él que no puedo negar.
—Igualmente, no me lo menciones.
—Está bien. ¿Y qué se siente ser la nueva socia del bufete? Y no me digas que aún no te dan respuestas, porque serían unos dementes si te dejan ir, y no lo son.— Reímos.
—Por mi nueva sociedad con la firma Hemilk, Omally y asociados. —Levanté mi copa y gritó.
—¡Aaaa! ¡Lo sabía! ¡Salud!
—Estoy feliz, por un momento pensé que no lo lograría.
Resulta que se les dio por aceptar un nuevo socio y estaba preocupada, solo fue un susto.
—Has llegado muy lejos en tan poco tiempo, te has esforzado y eres la mejor en tu área. Muchos abogados, les cuesta el doble lograr la mitad de lo que tú has hecho a tu edad; unos ni lo logran. Y todo, con dos hijos incluidos. Date crédito.
Veo la cara de mis bebes llenándome de tanta felicidad.
—Eres una excelente madre, siempre lo has sido desde que te enteraste de que los llevabas adentro de ti. Mírate. Una excelente abogada, con una reputación intachable y socia de una de las mejores firmas de este país.
—Tú no te quedas detrás. Lograste ganarte el mejor contrato de la empresa en un mes y con esos pesados japoneses, papá, debe estar orgulloso. —Darla y mi papá trabajan en la misma constructora, y todo el mundo la conoce como si fuera su hija y la respetan como tal.
—Sí. Soy la mejor, una pupila e hija digna. Sin ofender.
—Descuida, lo mismo dice tu padre de mí. —Reímos chocando nuestras copas.
Una hora después estábamos acostando a los niños, quienes quedaron rendidos en el sofá.
—Se les apagó el suiche —menciona Darla riendo. —No sé de dónde sacan tanta energía, no se cansan.
—Son niños, tienen mucha vitalidad y, si los repotencias con dulce, son imparables.
—Aún no me lo creo. Somos dos genios exitosos en este mundo, no necesitamos de hombres para lograr lo que queremos.
Nos sentamos en la sala con nuestras copas y botella de vino, a relajarnos.
—Cuéntame sobre este nuevo socio de la firma, ¿lo conoces? ¿Es guapo? ¿Es bueno o va a dar molestias?
—Ni siquiera sé cómo se llama. Estaba tan molesta pensando que había perdido la oportunidad de asociarme a la firma, que me peleé con mis jefes.
—Ahora son tus socios, no los jefes. ¿Y cómo se te ocurre pelear con ellos cuando están por ascenderte?
—Ya sabes cómo soy. Lo que sí sé, es que viene de la firma de los egocentristas y debe ser igual de pesados que ellos, pero, según mis jefes, es reconocido. Dice que quiere apartarse de la fama de su nombre y hacerse camino solo.
—Espera, ¿la firma de tus exsuegros? —afirmé—. ¿Y no será él? Te recuerdo que no se llevaba muy bien con sus padres. —Pongo mis ojos en blancos—. No me mires así.
—Él se fue del país hace mucho tiempo, alejándose del yugo de sus progenitores, ¿por qué trabajaría con ellos? Además, le va muy bien afuera del país.
Lo sé, porque es inevitable no saber de unos de los abogados más prestigiosos a nivel internacional, aunque en los últimos años ha pasado desapercibido.
—Vaya, sí que lo tienes precisado.
—Es una referencia para los abogados. Imposible no saber de él.
—Bueno. Volviendo a lo que nos compete. El nuevo socio, si es guapo como dicen, capaz, logra por fin meterse entre tus piernas y tengas un buen sexo.
—No me gusta mezclar negocios y placer. Es muy mala idea, todo se enreda, mira, lo que te sucedió a ti. Además, si quiero sexo, lo puedo buscar en otro lado. —Me mira sin creerme o tal vez se queja por recordarle lo de su exnovio.
Un cretino con el que trabajaba, guapo como envidiable, pero engreído, que no soportó que su novia tuviera más talento para los negocios y le robó un proyecto; cuando terminaron, su trabajo, se volvió un infierno.
—Vale, la última vez que tuviste algo entre tus piernas fue un espéculo por rutina médica. No te pases de lista con la reina que te hizo sacar agallas.
—Que no sea tan activa como tú no quiere decir que no me divierta.
—Un pene de silicona no cuenta. Se necesita el calor humano, las palabras calientes y un buen movimiento de cadera que te haga ver las estrellas. Y no soy tan activa, una cosa es actuar como zorra y otra es serlo.
—Ahora que tengo más tiempo para mí, puede que busque alguien que mantenga mi libido activo. —Ni yo me creo eso.
—Si no te conociera, te creería. Debes bajarle al orgullo, la independencia y la autosuficiencia, déjate consentir, tal vez consigas al indicado y te cases.
—Ya pasé por ese martirio una vez, no me quedaron ganas de repetir. Gracias.
Solo recordarlo me llenó de rabia, decepción y tristeza por lo que pudo ser y no fue.
—Eras muy joven, no sabías de la vida y no tenías la madurez que tienes ahora. Además, tenías a tus suegros dominando tu relación.
—¿De veras acabas de decir eso?, Darla, una relación es de dos y cuando nos casamos, podría jurar que se convirtió en una. Yo.
—Conmigo no vas a usar el discurso de dolor, abandonó, ve que los conocí a los dos. Sé que no fue el matrimonio perfecto y que las cosas cambiaron después que se casaron, pero debes ser justa, tú pediste el divorcio y no lo hablaste con él de lo que sucedió.
—¿Había algo que hablar? Te recuerdo que me dijo que fui un error y muchas cosas más que no quiero mencionar por respeto a mis hijos.
—Sí. Y quise matarlo por eso, fueron palabras fuertes e hirientes, pero conociendo a su familia y amigos probablemente lo drogaron o le provocaron una contusión cerebral, porque no puedes negar que ese hombre te adoraba.
—La adoración se le acabó cuando nos casamos.
—Independientemente de lo que sucedió entre ustedes como pareja, sabes que no fue la mejor manera de terminar las cosas. Le firmaste el divorcio, se lo mandaste con sus padres y le mentiste sobre tu embarazo.
—Terminé en urgencias a punto de perder a mis hijos, mientras él estaba divirtiéndose entre las sábanas de su exnovia, con la que supuestamente debió casarse y ser feliz. Ni se presentó en el hospital, ¿qué debía hacer?, ¿seguir viviendo en ese infierno de casa? Pues no, tome una decisión por el bien de mis hijos y el mío. Una decisión que él aceptó sin reclamos porque se subió a un avión sin mirar atrás.
—Ni siquiera sabe que esos tripones existen y, aunque eso no justifica lo de la desgraciada que roba maridos y que se haya ido, no hiciste bien. El día de mañana, esos dos niños van a empezar a hacer preguntas y ¿qué le dirás?
—No sé cómo abordar el tema. Sé que necesitan a su padre y qué les hace falta, pero ¿qué se supone que debo hacer, Darla? He de decirle que su padre no los quería. Éramos un estorbo para sus planes. Dios, hasta llegó a pensar que no eran de él. No puedo decirles que su familia paterna no los quiso. Tome una decisión por todos, incluso para su padre, y no le va mal.
—¿Y si alguna vez te ve con los niños? No es bruto para no sacar cuentas, y darse cuenta de que le mentiste. Y cuando eso suceda, prepárate, porque ese hombre enfurecido no es nada amable.
—Eso no va a suceder. ¿Por qué hablamos de esto? La estamos pasando bien y tenías que recordarme a ese ser.
—No te gusta que te digan verdades, pero Mía, es igual de lengua suelta y vanidosa como él, sin contar que tiene sus ojos y su color de cabello, mientras que Edwin tiene esa sonrisa matadora, su encanto sumado con el carácter posesivo, celoso y odioso cuando quiere —me observa y dice:—¿Por qué esa cara de boba?
—Solo pensaba en lo mucho que se parecen.
—¡Mi Dios! Velería, aún lo amas, sigues enamorada de ese cretino. Eso explica por qué no dejas que ningún hombre se acerque a tu amiga íntima, la tienes pasando hambre por ese idiota. Debí imaginarlo.







