El sol comenzaba a descender, tiñendo de oro el horizonte sobre la playa de Brasil. Las olas rompían con suavidad, como si supieran que ese día no hacía falta hacer ruido, solo acompañar. La brisa salada acariciaba la piel como una vieja amiga, y las gaviotas sobrevolaban perezosamente el cielo teñido de rosa.
Aidan estaba sentado sobre la manta extendida en la arena, con una mano apoyada detrás de él y la otra entrelazada con la de Olivia. Ella, con su sombrero de paja y la mirada serena, sonr