165. DETRÁS DE ESA PUERTA
KIARA
La ruta nos llevó a lo que parecía un acantilado rocoso, pero abajo, elevándose a través de una espesa capa de niebla, se alzaba un laberinto enorme.
Muros de piedra y arbustos se levantaban por todas partes, y parecía no tener fin.
No tenía idea de qué era aquel lugar, y parecía imposible salir de él, pero era eso o los ruidos escalofriantes que ya llegaban a través del bosque a nuestra espalda.
—¡Vamos! —Lo cargué en brazos y corrí, deslizándome por la pendiente cubierta de grava.
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