Una semana.
Eso fue lo que tardó el tatuaje en sanar… y yo en perder la cabeza.
Cada vez que miraba el pequeño rayo en mi brazo, se me revolvía el estómago. Ya no era solo tinta. Era un recuerdo. Una chispa. Un recordatorio de un hombre cuya voz no podía dejar de oír en mi cabeza.
Rafe.
Me decía a mí misma que era ridículo. Él era un tatuador. Yo era una clienta. No era nada.
Excepto que no se sentía como nada.
Se sentía como la forma en que mi corazón había dado un vuelco cuando se inclinó cer