Me arrodillé sobre el mármol negro. Mis rodillas ya estaban amoratadas por el castigo de anoche, y el collar de diamantes alrededor de mi garganta se sentía más pesado que el propio Burj Khalifa. A noventa y dos pisos de altura, el aire estaba filtrado, perfumado con oud y enfriado exactamente a 22 grados Celsius para que mis pezones permanecieran duros y doloridos contra el encaje de La Perla que llevaba puesto.
La venda era de seda, negro medianoche, atada tan fuerte que veía estrellas inclus