El ascensor subió los cuarenta y dos pisos del edificio de cristal lentamente. Vi cómo los números subían, dígitos rojos que se reflejaban en mi vestido negro ajustado, mi cabello recogido con fuerza y la misma bufanda gris de cachemir que el británico me había enviado anudada al cuello.
No le había respondido para agradecerle que me la hubiera enviado. No podía. No con el aroma a cedro de Julian todavía pegado a mis sentidos desde anoche en el desván, desde la forma en que su pulgar había pres