Esa noche apenas dormí. No dejaba de reproducir el momento: la forma en que su pulgar me había rozado la mejilla, el calor de su palma contra mi mandíbula, el instante exacto en que su boca se abrió sobre la mía y todo se inclinó. Todavía podía saborearlo: café y algo más afilado, como el borde de la contención finalmente rompiéndose.
Por la mañana me había convencido a mí misma de que había sido un error, algo de una sola vez. Él se arrepentiría, yo actuaría con normalidad y fingiríamos que nu