A la mañana siguiente de la venda desperté deliciosamente adolorida. Músculos que no había usado así en años me dolían, las muñecas ligeramente enrojecidas por las ataduras y ese palpitar constante entre mis piernas que recordaba lo duro que habíamos follado.
Damien ya estaba levantado, preparando café en la cocina como si fuera un sábado normal. Me dio una taza cuando entré arrastrando los pies, me besó en la frente y no dijo ni una palabra sobre lo de anoche. Esa era nuestra dinámica ahora: d